LAMORA Y EL CARTEL LAURENTINO DEL 2007
(cartel contemplable en: http://www.lawebdeltalleres.com/asp/noticia.asp?cod_seccion=206)
Ante el cartel que el Ayuntamiento de Huesca encargó a Óscar Lamora –el conejito ataviado con pañoleta verde: un simple trazo negro sobre fondo blanco que ofrece, por ello mismo, doble sensación de vacío: gráfico y semántico–, yo creo que caben dos lecturas, la una excluyente de la otra.
1) Lamora se burla del Ayuntamiento. Admitiendo por la misma aceptación del encargo municipal que el artista se comporta como lacayo del poder político, Lamora podría estar realizando una obra cargada de ironía, en la que el doble vacío señalado más arriba sería el cumplimiento de su parte de contrato. La absoluta falta de transmisión de ideas a través del cartel revelaría que, aun prostituyéndose, el artista propone un juego de idiocia y deja la interpretación a los demás. Él se ha limitado a dibujar, rechazando cualquier representación o semántica, regalando su producto a la lectura de los otros: ¿un conejito que vive en las afueras de la ciudad y que viste la pañoleta al enterarse de la inminencia de las fiestas? ¿Por qué no?
La producción de Lamora podría ser una demostración a contrario de la función del arte dentro de la tradición de la izquierda estética: crítica de la alienación, reconciliación de sujeto y objeto (Terry Eagleton: La Estética como ideología, Trotta, p. 450). Lamora podría estar señalando lo fácil que resulta optar por un giro a la derecha: lo fácil e inane de un arte que olvida el análisis teórico, apego al individuo en su particularidad, función social nula... (Eagleton, ibidem).
Podría declarar de esta manera Lamora la autonomía del arte con respecto al poder político al que sirve: el conejito de marras da fe del fin de la proverbial y ya démodée libertad subversiva del arte. Su doble vacío sería, otra vez, una demostración moralizante de los peligros que acechan en el entorno del poder al artista digno de ese nombre.
En definitiva, Lamora podría estar jugando con el Ayuntamiento de Huesca al proponer una obra que, por su absoluta inanidad y vacío, probara una vez más la célebre máxima de Goya: "el sueño de la razón produce monstruos".
2) Lamora ha decidido poner su oficio a servicio de las instituciones políticas. En este caso, Lamora cumple su parte del contrato entregando un producto cuyo contenido es mera forma, sin justificación racional, cuyo único valor reside en el nombre del productor –avalado por su elección previa en Periferias Agit-prop y apadrinamiento del multiusos Isidro Ferrer–, y cuya sola función social es la de apoyar y acompañar al poder en su promoción.
Esta opción resultaría chocante en la trayectoria de Lamora por un par de motivos: 1) el grueso de su obra ha servido a una ideología de clara vocación subversiva (CNT de Huesca); 2) su trabajo más personal, el que figura en su book (¿se llama así en el mundillo del arte?), no huye de la narración –quiere decir y dice "algo". Ese bagaje personal se convierte de esta manera en poco más que un entrenamiento, en un continuado ejercicio de estilo en el que la causa apoyada podría no ser más que un pretexto para el desarrollo de su técnica. Porque como profesionales en su gremio, los artistas aspiran a vivir de su oficio.
Y en este país nuestro en el que la política institucional ha pervertido desde tiempo ha la libertad artística, los ministerios, diputaciones y ayuntamientos se han convertido en mecenas interesados de la labor artística. Si la burguesía empresarial siempre ha confiado a los artistas la representación de sus atributos fácticos y morales, la clase política confía en el presente la transmisión de sus valores a los profesionales del pincel. Contando con los fondos del erario público, con el dinero de los impuestos ciudadanos, la política encarga a los artistas la plasmación estilizada de sus actos.
Pero aun dentro de este apoyo del mundillo artístico a la promoción política creo que podrían distinguirse dos tendencias:
1) celebración, de la que el cuadro de Sanagustín sobre la nueva traída de aguas a Huesca es el más claro exponente: encargo del alcalde al pintor para que quedase inmortalizado su decisivo papel en tan importante obra pública. Uno desconoce si ese cuadro era consecuencia necesaria del encargo del concejo a Sanagustín del cartel laurentino de hace un par de años: parejitas con niños vestidas de blanco y verde se dirigen hacia la estatua de un rey inmortal (¿cabe mejor representación del poder político, indiscutible y patriarcal?).
2) iconización, consistente en subrayar el papel del encargante mediante un artefacto desprovisto de contenido e impermeable a cualesquiera lectura o interpretación. El poder político sale con ello mejor parado, pues la obra enmarcable en esta tendencia parece señalar la infalibilidad del poder: sin contenido, la crítica a la obra sólo puede ser formal, de la que escapará la institución sin un solo rasguño. ¿Qué refiere el conejito laurentino: acaso es la representación de la concejal de cultura y fiestas, Teresa Sas, como chica playboy? ¿Es realmente un conejito que vive en las afueras de la ciudad y que viste la pañoleta al enterarse de la inminencia de las fiestas? ¿Por qué no? ¿Y por qué sí?
De esas dos lecturas posibles, burla o prostitución al poder político, yo me quedo gustosamente con la primera; aunque deba afirmar que, de ser ese el propósito de Lamora, su percepción sea difícil. Desconozco cuáles son los términos del contrato Ayuntamiento-artista: tal vez una cláusula señale la posibilidad de rescisión en el caso de crítica evidente o injuria a la institución encargante –permitiendo así el secuestro de la obra, como la portada más famosa de El Jueves de los últimos años. Si es el conejito donde se halla la crítica subversiva y analítica al poder –algo que no nos habría extrañado teniendo en cuenta la trayectoria de Lamora–, tomémoslo como si fuera el que atraía a la Alicia de Lewis Carroll y le daba acceso a una dimensión más profunda dentro del País de las Maravillas. Algo tiene que haber, algo debe esconder tan níveo roedor para que Lamora lo haya sacado tranquilamente de su chistera mágica.
Quiero no pensar en que Lamora pretende medrar como profesional a la sombra de la clase política: riendo sus gracias, celebrando sus actos, inmortalizando su presencia, tal vez aspire el artista a integrarse dentro de la familia del poder y devenir, como el escultor Cajal, pariente de algún político de relieve: lograría así pasear sus artefactos por toda feria en que Aragón (DGA) crea merecer estar. O tal vez aspire a engrosar la nómina de artistas de proverbial y lucrativa fidelidad al régimen actual, como Teresa Ramón (encargo del mural frontal del Multiusos oscense) y otros.
Como trasfondo de todas estas consideraciones se halla, indudablemente, la necesaria discusión acerca de qué son el arte y la cultura; si se trata de manifestaciones personales de un creador (y por lo tanto a servicio únicamente de sí mismo), o, por el contrario, cubren las necesidades de manifestación de otros individuos –mecenas, compradores y "encargantes". El primer caso parece haber quedado obsoleto desde el momento en el que el arte se ha integrado en el mercado: la obra de arte pasa a ser un objeto de lujo que, inhabilitado para la comunicación de lo bello (la belleza ha dejado de ser un componente de la estética contemporánea), significa la condición de quien lo posee. Como si de un animal exótico se tratara, como un tigre de Bengala amaestrado, inútil e inservible, la obra de arte sólo sirve ahora para realzar el estatus de quien la haya hecho suya. El creador pasa con ello a servicio del mejor postor, instrumentalizado y prostituido, ya sea para deleite y representación de unos pocos, ya para ser ofrecido al disfrute masivo de la mayoría. La relación reflexiva del autor con su obra desaparece, puesto que ya no busca los efectos curativos, catárticos, en su realización.
La antigua dicotomía entre arte y artesanía se desintegra, pues, al servicio del mercado, el artista se convierte en simple hacedor de objetos. El arte, así considerado, se banaliza enormemente y pierde todo su carácter de fuente de conocimiento, de liberación ético-política y de sublimación libidinal, perdiéndose en la utilidad de un espejo de bonito marco.
martes, 24 de julio de 2007
miércoles, 18 de julio de 2007
POEMA: "Hubo un tiempo..."
HUBO UN TIEMPO en que me satisfacían las emisiones reflexivas de mi yo. En ese tiempo me bastaba con medrar en el desprecio de lo ajeno, para perpetuarme en mí mismo.
Hoy, ¿qué ha sido de la lucha febril contra la dependencia?, ¿qué ha sido del no cejar?; ¿qué ha sido de aquel vivaque lujoso y amplio, donde mi espíritu vagaba entre emanaciones líricas?
Hoy, el viento falaz de la felicidad ha derruido mis almenas.
Hoy, las promesas del amor me han arrastrado hasta tierrasanta: lugar donde la fe y la esperanza tratan con ignominia al infiel.
Renegar del instinto es peligroso; mas, ¿acaso no lo es construir su propio yo en la convención?
Hoy, ¿qué ha sido de la lucha febril contra la dependencia?, ¿qué ha sido del no cejar?; ¿qué ha sido de aquel vivaque lujoso y amplio, donde mi espíritu vagaba entre emanaciones líricas?
Hoy, el viento falaz de la felicidad ha derruido mis almenas.
Hoy, las promesas del amor me han arrastrado hasta tierrasanta: lugar donde la fe y la esperanza tratan con ignominia al infiel.
Renegar del instinto es peligroso; mas, ¿acaso no lo es construir su propio yo en la convención?
POEMA: "El amor es pura relación sintáctica..."
EL AMOR es pura relación sintáctica: sujeto y objeto se debaten, como en un libro de contabilidad: activo y pasivo.
Voces activa y pasiva.
Mi lengua de sujeto necesita de verbos deponentes.
Mi lengua de sujeto construye quimeras de papel, escenarios místicos:
poder del verbo: una palabra tuya bastaría para sanarme.
Voces activa y pasiva.
Mi lengua de sujeto necesita de verbos deponentes.
Mi lengua de sujeto construye quimeras de papel, escenarios místicos:
poder del verbo: una palabra tuya bastaría para sanarme.
POEMA: "Sonajero (madrigal)"
SONAJERO
(madrigal)
(madrigal)
... je ne vous demanderai rien en échange
BAUDELAIRE
Reproducimos el escenario donde Pavlov experimentaba con sus perros.
Ante la presencia de tus pechos, saluda el reflejo condicionado.
Y el mar sobre el que se debatía Hamlet se hace tan pequeño, que los gaditanos me han puesto una presa en la boca, a modo de ortodoncia, para abastecer sus depósitos.
A fe mía que el Hombre está compuesto en un 80% de hachedosó.
jueves, 5 de julio de 2007
RESEÑA sobre: Houellebecq, un humanista desengañado (Turia, 2003)
Houellebecq: un humanista desengañado
Houellebecq se ha granjeado la reputación de escritor polémico. No sólo por el contenido de su obra novelística y poética (es autor de tres novelas, dos ensayos y tres poemarios), sino también por sus apariciones públicas, trufadas de declaraciones -entre sociológicas y políticas- emitidas desde una superioridad moral sesentayochista, de díficil arraigo en nuestro país.
Porque moral parece ser el semillero donde Houellebecq recoge el germen de sus fábulas. Una novelística que, desde el tono de la denuncia, señala la pauperización de los contactos humanos en las sociedades industrializadas. Todas las condiciones de la vida en las ciudades -desde sus inconvenientes a la tecnología que permite el contacto a distancia- provocan el parapetamiento del individuo en su puesto de trabajo y/o en su hogar, inapto a la comunicación de ideas y/o de sentimientos. En este escenario, y con los sentidos azuzados por la publicidad -que convierte al individuo urbano en una especie de "zombi nómada", en palabras de Sloterdijk-, el sexo se ha erigido (con perdón) en uno de los pocos exutorios de la individualidad, en uno de los únicos terrenos de entendimiento posibles entre las personas. Y aunque el cuerpo pueda engañar emitiendo falsas señales, la sexualidad es un rito comunicativo en el que las motivaciones de los comunicantes son, en principio, de índole común.
Partiendo de esta idea, no es de extrañar que las escenas de sexo explícito abunden en la obra de Houellebecq -lo que podría emparentarle con cierto dirty realism del agrado de los jóvenes lectores, mayoritarios consumidores de su producción. Quiero decir con ello que su frecuente presencia está justificada por las exigencias morales del narrador, dejando de ser gratuita en el momento en que se concibe su necesidad -no sólo pulsional sino relacional- en la dinámica del relato.
Pues bien, Michel, el protagonista de Plataforma, es un ávido consumidor de prostitución callejera, internet, peep-shows... Hasta que, en un viaje organizado, conoce a Valérie: agente turística tan interesada en el sexo como él. Entre los dos se establece una relación de viva complicidad que les llevará a compartir experiencias y parejas, en un clima de distensión y satisfacción plenas.
Teniendo como telón de fondo el viaje a Tailandia en que se conocieron, ha lugar para que diserten sobre el componente mayoritariamente masculino de estas escapadas de carácter sexual. La sociedad vive de espaldas a la satisfacción sexual, obligando a los individuos a buscar soluciones vicarias o empujándoles a la neurosis. Compara el narrador, por otra parte, el liberalismo económico con el liberalismo sexual en voga desde los '60, pues la oferta y la demanda han creado bolsas de pobreza tanto económica como sexual: aquellos individuos incapaces de adaptarse al sistema de compraventa. Lo lógico sería arreglar esas descompensaciones desde el pensamiento igualitario, con el fin de asegurar la satisfacción de las necesidades vitales y pulsionales de todos los individuos. Curiosa manera de conjugar a Keynes con los téóricos sexuales graduados en la Escuela de Frankfurt.
Viviendo como vivimos, pues, en una sociedad de consumo, sería cabal esperar -desde una perspectiva smithiana- que esas desigualdades fueran borradas por la mano invisible del mercado: el rico occidental que compra la mercancía que al pobre subdesarrollado no le supone un alto sacrificio vender. No parece preocuparle al narrador la evidente explotación sexual que esta conducta instala en la persona del indígena, al no sentir violada su dignidad por la práctica del comercio sexual. Ya que, ofrecer su cuerpo como un objeto agradable, dar placer gratuitamente: eso es lo que los ocidentales ya no saben hacer. Han perdido completamente el sentido de la entrega -afirma el narrador de Plataforma. Una sexualidad satisfecha haría de la humanidad un lugar más habitable, en el que, por fin, cada uno comprendiera las necesidades del otro intentando darles solución.
En medio de esta política sexual, un aspecto que ha levantado no pocas ampollas en la sociedad francesa es el tratamiento que hace Houellebecq de la mujer más como objeto que procura el goce erótico que como sujeto que lo busca. Buscando ora la polémica ora la defensa de la causa femenina, el francés se atrevió a dirigirse, en años anteriores, a la mujer lamentando su suerte: "Es posible, simpático amigo lector, que sea usted mismo una mujer. No se preocupe, son cosas que pasan" (Ampliación del campo de batalla, 1994). Parece realmente insultante, pero yo sostengo que Hoeullebecq se hace eco de los efectos que tiene la sociedad patriarcal sobre las mujeres: es este un mundo de hombres, en el que la presencia e influencia femeninas son anecdóticas (Bourdieu afirmaba que la mujer es un no-hombre); es el deseo masculino el que ha de ser canalizado hacia el consumo, ya que es el hombre quien mantiene la economía mediante la puesta en práctica de los valores en que ha sido educado: el "gusto por el riesgo y el juego, su grotesca vanidad, su irresponsabilidad, su violencia primaria..." (Las Partículas elementales, 1998). Afirma el francés que, en caso de haberse aplicado otras cualidades tradicionalmente atribuidas a las mujeres, como el optimismo, la generosidad, la complicidad y la harmonía, el mundo habría avanzado más despacio, pero más seguro. Por eso él vaticina -parafraseando, en un gesto pop, el eslogan de una cadena francesa de supermercados- que el mañana será femenino (Partículas..., 1998): en este cambio, en esta necesaria evolución, se halla la solución de la sociedad.
Aun proponiendo un futuro halagüeño para la humanidad, los relatos de Houellebecq terminan mal: las esperanzas puestas en la continuidad del placer (pues así definía Voltaire la felicidad) se estrellan contra la crueldad del azar. La soledad, o la locura, o el abandono, esperan al individuo al cabo de la calle, condenado a vagar en pos de un ideal inalcanzable. Sólo una actitud cínica ante la vida, teñida de estoicismo, permitirá sobrevivir al humanista desengañado que es Hoeullebecq. Literatura, pues, de importante calado filosófico y político.
Houellebecq se ha granjeado la reputación de escritor polémico. No sólo por el contenido de su obra novelística y poética (es autor de tres novelas, dos ensayos y tres poemarios), sino también por sus apariciones públicas, trufadas de declaraciones -entre sociológicas y políticas- emitidas desde una superioridad moral sesentayochista, de díficil arraigo en nuestro país.
Porque moral parece ser el semillero donde Houellebecq recoge el germen de sus fábulas. Una novelística que, desde el tono de la denuncia, señala la pauperización de los contactos humanos en las sociedades industrializadas. Todas las condiciones de la vida en las ciudades -desde sus inconvenientes a la tecnología que permite el contacto a distancia- provocan el parapetamiento del individuo en su puesto de trabajo y/o en su hogar, inapto a la comunicación de ideas y/o de sentimientos. En este escenario, y con los sentidos azuzados por la publicidad -que convierte al individuo urbano en una especie de "zombi nómada", en palabras de Sloterdijk-, el sexo se ha erigido (con perdón) en uno de los pocos exutorios de la individualidad, en uno de los únicos terrenos de entendimiento posibles entre las personas. Y aunque el cuerpo pueda engañar emitiendo falsas señales, la sexualidad es un rito comunicativo en el que las motivaciones de los comunicantes son, en principio, de índole común.
Partiendo de esta idea, no es de extrañar que las escenas de sexo explícito abunden en la obra de Houellebecq -lo que podría emparentarle con cierto dirty realism del agrado de los jóvenes lectores, mayoritarios consumidores de su producción. Quiero decir con ello que su frecuente presencia está justificada por las exigencias morales del narrador, dejando de ser gratuita en el momento en que se concibe su necesidad -no sólo pulsional sino relacional- en la dinámica del relato.
Pues bien, Michel, el protagonista de Plataforma, es un ávido consumidor de prostitución callejera, internet, peep-shows... Hasta que, en un viaje organizado, conoce a Valérie: agente turística tan interesada en el sexo como él. Entre los dos se establece una relación de viva complicidad que les llevará a compartir experiencias y parejas, en un clima de distensión y satisfacción plenas.
Teniendo como telón de fondo el viaje a Tailandia en que se conocieron, ha lugar para que diserten sobre el componente mayoritariamente masculino de estas escapadas de carácter sexual. La sociedad vive de espaldas a la satisfacción sexual, obligando a los individuos a buscar soluciones vicarias o empujándoles a la neurosis. Compara el narrador, por otra parte, el liberalismo económico con el liberalismo sexual en voga desde los '60, pues la oferta y la demanda han creado bolsas de pobreza tanto económica como sexual: aquellos individuos incapaces de adaptarse al sistema de compraventa. Lo lógico sería arreglar esas descompensaciones desde el pensamiento igualitario, con el fin de asegurar la satisfacción de las necesidades vitales y pulsionales de todos los individuos. Curiosa manera de conjugar a Keynes con los téóricos sexuales graduados en la Escuela de Frankfurt.
Viviendo como vivimos, pues, en una sociedad de consumo, sería cabal esperar -desde una perspectiva smithiana- que esas desigualdades fueran borradas por la mano invisible del mercado: el rico occidental que compra la mercancía que al pobre subdesarrollado no le supone un alto sacrificio vender. No parece preocuparle al narrador la evidente explotación sexual que esta conducta instala en la persona del indígena, al no sentir violada su dignidad por la práctica del comercio sexual. Ya que, ofrecer su cuerpo como un objeto agradable, dar placer gratuitamente: eso es lo que los ocidentales ya no saben hacer. Han perdido completamente el sentido de la entrega -afirma el narrador de Plataforma. Una sexualidad satisfecha haría de la humanidad un lugar más habitable, en el que, por fin, cada uno comprendiera las necesidades del otro intentando darles solución.
En medio de esta política sexual, un aspecto que ha levantado no pocas ampollas en la sociedad francesa es el tratamiento que hace Houellebecq de la mujer más como objeto que procura el goce erótico que como sujeto que lo busca. Buscando ora la polémica ora la defensa de la causa femenina, el francés se atrevió a dirigirse, en años anteriores, a la mujer lamentando su suerte: "Es posible, simpático amigo lector, que sea usted mismo una mujer. No se preocupe, son cosas que pasan" (Ampliación del campo de batalla, 1994). Parece realmente insultante, pero yo sostengo que Hoeullebecq se hace eco de los efectos que tiene la sociedad patriarcal sobre las mujeres: es este un mundo de hombres, en el que la presencia e influencia femeninas son anecdóticas (Bourdieu afirmaba que la mujer es un no-hombre); es el deseo masculino el que ha de ser canalizado hacia el consumo, ya que es el hombre quien mantiene la economía mediante la puesta en práctica de los valores en que ha sido educado: el "gusto por el riesgo y el juego, su grotesca vanidad, su irresponsabilidad, su violencia primaria..." (Las Partículas elementales, 1998). Afirma el francés que, en caso de haberse aplicado otras cualidades tradicionalmente atribuidas a las mujeres, como el optimismo, la generosidad, la complicidad y la harmonía, el mundo habría avanzado más despacio, pero más seguro. Por eso él vaticina -parafraseando, en un gesto pop, el eslogan de una cadena francesa de supermercados- que el mañana será femenino (Partículas..., 1998): en este cambio, en esta necesaria evolución, se halla la solución de la sociedad.
Aun proponiendo un futuro halagüeño para la humanidad, los relatos de Houellebecq terminan mal: las esperanzas puestas en la continuidad del placer (pues así definía Voltaire la felicidad) se estrellan contra la crueldad del azar. La soledad, o la locura, o el abandono, esperan al individuo al cabo de la calle, condenado a vagar en pos de un ideal inalcanzable. Sólo una actitud cínica ante la vida, teñida de estoicismo, permitirá sobrevivir al humanista desengañado que es Hoeullebecq. Literatura, pues, de importante calado filosófico y político.
jueves, 28 de junio de 2007
RÉPLICA del blogger A LA CONTESTACIÓN DE Pili Lisa
Hola, Pili:
Gracias por tomarte la molestia de escribir sobre mis opiniones, lo que para mí es ya prueba suficiente de que aún queda gente que no está del todo dormida.
Cierto que no estuve en Salas, dando con ello validez a tus suposiciones. Mi conocimiento sobre esa serie de festivales que se han venido celebrando desde hace 5 años es indirecta: pero en todas ellas, la pretendida 'ruralidad' brillaba por su ausencia -y ello por las mismas razones esgrimidas en mi 'encarecida crítica'.
En cuanto a mi interpretación, no creo que sea 'como mejor me viene', sino creo que la fundamento. Estoesloquehay ha sido y sigue siendo una imposición cultural urbana, que convierte a los vecinos de cada pueblo en espectadores de algo que no han elegido.
Es decir, más del habitual dirigismo cultural, establecido desde las ciudades para que la gente de los pueblos la contemple como lo verdaderamente válido.
En virtud de ese dirigismo, se aliena a la gente del ámbito rural (y todos nosotros, pues ese dirigismo se ejerce también sobre la ínclita Huesqueta, donde la programación cultural institucional es obra exclusiva de un par de iluminados, o técnicos de cultura, que creen poder decir qué es lo que tenemos que degustar, apreciar o aplaudir -y eso porque no se consulta a la ciudadanía sobre la conveniencia de tal o cual modelo cultural).
Y digo que se 'aliena' porque, desde el momento en que se arrebata a la gente el poder y la posibilidad de decidir qué tipo de cultura prefieren, o qué tipo de espectáculos, imponiéndoles 'lo que tienen' que apreciar, se les enajena la capacidad de verse representados, cuestionados o analizados en esos productos culturales -que pertenecen a otro ámbito, no precisamente rural.
Ese es el problema y no otro: el dirigismo, la pérdida de la identidad auspiciada por la cultura institucional, más basada en el modelo del espectáculo que en otros modelos más democráticos y participativos. El trasfondo es pura y netamente político.
La cuestión debería llevarnos también a preguntarnos qué entendemos por 'cultura', o, mejor, para qué creemos que deben servir la cultura y el arte.
Yo creo que el arte es una actividad de representación (figurativa o no) de la vida; debe servir por eso mismo para alimentar el espíritu, la inteligencia o la conciencia mediante la puesta 'en escena' de una serie de referentes que, si no son los nuestros propios o, por lo menos, universales, no nos dicen absolutamente nada -con lo que su función catártica o nutritiva deja de actuar, para pasar a ser mero entretenimiento, como la TV.
Y Estoesloquehay es entretenimiento, sobre cuyo modelo nuestras autoridades están basando la cultura institucional. Y eso no creo que sea lo peor, sino que el festival éste es una merienda de amiguetes (los del director del festi) pagada con dinero público.
Por penúltimo, considerar como 'arte de vanguardia' lo que se llevó (y yo evalué por el folleto y comentarios de gente cercana) a Salas con Estoesloquehay me parece exagerado, pues son disciplinas y tipos de representación archi utilizados y conocidos ya hasta la saciedad por el gran público.
Y ahora ya que sí, por último, me dices que no se trataba de recrear una escena de labranza. ¿Acaso eso es malo? ¿No es ese el verdadero escenario cotidiano en que se desarolla la vida en un pueblo cuya economía se basa en el sector primario? Pero, claro, estamos acostumbrados a que el arte represente a gente de las ciudades, gente bien, con dinero y gustos de ricos, centrado ya sea en el hedonismo o en sus referentes vitales y/o morales. La gente humilde de las ciudades y de los pueblos se da cuenta de que la única posibilidad de construir productos artísticos dotados de prestigio cultural es mimetizándose con las razones, referentes, constantes y moral del otro, del de la ciudad, del burgués acomodado, de quien posee y sabe utilizar las claves y las herramientas que prestigian automáticamente una obra -un producto cultural. Hay un libro de un par de sociólogos franceses que se explican mucho mejor que yo, y donde ponen de relieve todos estos asuntos: "Lo culto y lo popular", de Grignon y Passeron. Igual te puede interesar su lectura, qué sé yo.
Gracias por tomarte la molestia de escribir sobre mis opiniones, lo que para mí es ya prueba suficiente de que aún queda gente que no está del todo dormida.
Cierto que no estuve en Salas, dando con ello validez a tus suposiciones. Mi conocimiento sobre esa serie de festivales que se han venido celebrando desde hace 5 años es indirecta: pero en todas ellas, la pretendida 'ruralidad' brillaba por su ausencia -y ello por las mismas razones esgrimidas en mi 'encarecida crítica'.
En cuanto a mi interpretación, no creo que sea 'como mejor me viene', sino creo que la fundamento. Estoesloquehay ha sido y sigue siendo una imposición cultural urbana, que convierte a los vecinos de cada pueblo en espectadores de algo que no han elegido.
Es decir, más del habitual dirigismo cultural, establecido desde las ciudades para que la gente de los pueblos la contemple como lo verdaderamente válido.
En virtud de ese dirigismo, se aliena a la gente del ámbito rural (y todos nosotros, pues ese dirigismo se ejerce también sobre la ínclita Huesqueta, donde la programación cultural institucional es obra exclusiva de un par de iluminados, o técnicos de cultura, que creen poder decir qué es lo que tenemos que degustar, apreciar o aplaudir -y eso porque no se consulta a la ciudadanía sobre la conveniencia de tal o cual modelo cultural).
Y digo que se 'aliena' porque, desde el momento en que se arrebata a la gente el poder y la posibilidad de decidir qué tipo de cultura prefieren, o qué tipo de espectáculos, imponiéndoles 'lo que tienen' que apreciar, se les enajena la capacidad de verse representados, cuestionados o analizados en esos productos culturales -que pertenecen a otro ámbito, no precisamente rural.
Ese es el problema y no otro: el dirigismo, la pérdida de la identidad auspiciada por la cultura institucional, más basada en el modelo del espectáculo que en otros modelos más democráticos y participativos. El trasfondo es pura y netamente político.
La cuestión debería llevarnos también a preguntarnos qué entendemos por 'cultura', o, mejor, para qué creemos que deben servir la cultura y el arte.
Yo creo que el arte es una actividad de representación (figurativa o no) de la vida; debe servir por eso mismo para alimentar el espíritu, la inteligencia o la conciencia mediante la puesta 'en escena' de una serie de referentes que, si no son los nuestros propios o, por lo menos, universales, no nos dicen absolutamente nada -con lo que su función catártica o nutritiva deja de actuar, para pasar a ser mero entretenimiento, como la TV.
Y Estoesloquehay es entretenimiento, sobre cuyo modelo nuestras autoridades están basando la cultura institucional. Y eso no creo que sea lo peor, sino que el festival éste es una merienda de amiguetes (los del director del festi) pagada con dinero público.
Por penúltimo, considerar como 'arte de vanguardia' lo que se llevó (y yo evalué por el folleto y comentarios de gente cercana) a Salas con Estoesloquehay me parece exagerado, pues son disciplinas y tipos de representación archi utilizados y conocidos ya hasta la saciedad por el gran público.
Y ahora ya que sí, por último, me dices que no se trataba de recrear una escena de labranza. ¿Acaso eso es malo? ¿No es ese el verdadero escenario cotidiano en que se desarolla la vida en un pueblo cuya economía se basa en el sector primario? Pero, claro, estamos acostumbrados a que el arte represente a gente de las ciudades, gente bien, con dinero y gustos de ricos, centrado ya sea en el hedonismo o en sus referentes vitales y/o morales. La gente humilde de las ciudades y de los pueblos se da cuenta de que la única posibilidad de construir productos artísticos dotados de prestigio cultural es mimetizándose con las razones, referentes, constantes y moral del otro, del de la ciudad, del burgués acomodado, de quien posee y sabe utilizar las claves y las herramientas que prestigian automáticamente una obra -un producto cultural. Hay un libro de un par de sociólogos franceses que se explican mucho mejor que yo, y donde ponen de relieve todos estos asuntos: "Lo culto y lo popular", de Grignon y Passeron. Igual te puede interesar su lectura, qué sé yo.
RESPUESTA DE Pili Lisa AL ESCRITO SOBRE "ESTOESLOQUEHAY"
En primer lugar, me parece algo arriesgado opinar de una serie de actos enlos que ni siquiera has estado presente (yo no te vi). Y acerca de cuestionar si este encuentro artístico tiene algo o no de rural, creo que te equivocas. Interpretas como mejor te viene lo que pretende este encuentro: llevar al medio rural el arte de vanguardia, moderno o llámale X. No setrataba de crear una macro exposición sobre aperos de labranza o recrearuna escena de trilla. No te confundas.Y lo consiguió, los vecinos de Salas Altas se movilizaron para ver lasdistintas exposiciones, obras de teatro o cine... con críticas buenas o malas, pero se movieron conciencias y se movieron los culos de casa, que no es fácil en el medio rural.
Yo que sí estuve en todos los actos, comprobé como gente decía 'ojalá estofuera una vez al año' porque les gustó ver a Salas convertida en un escenario gigante, en un lugar para la provocación y el sobresalto artístico. NO HUBO ESPECTADORES FORZADOS, no te confundas.
Y no mezcles esto con la política, que en este caso el dinero público fuebien empleado: 350 vecinos de Salas Altas saben a día de hoy que arte esalgo más que los cuadros de Velázquez o la catedral de Burgos, que arte,para bien o para mal, es también la provocación y la trasgesión.
Tranquilo, tus impuestos han sido bien empleados. Yo fui testigo.
Yo que sí estuve en todos los actos, comprobé como gente decía 'ojalá estofuera una vez al año' porque les gustó ver a Salas convertida en un escenario gigante, en un lugar para la provocación y el sobresalto artístico. NO HUBO ESPECTADORES FORZADOS, no te confundas.
Y no mezcles esto con la política, que en este caso el dinero público fuebien empleado: 350 vecinos de Salas Altas saben a día de hoy que arte esalgo más que los cuadros de Velázquez o la catedral de Burgos, que arte,para bien o para mal, es también la provocación y la trasgesión.
Tranquilo, tus impuestos han sido bien empleados. Yo fui testigo.
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